Estar verdaderamente presente donde uno se encuentra

Viajando hacia Bruselas poco antes de acercarnos a la ciudad universitaria de Lovaina, recordé que conocí a alguien hace una década en el extremo sur de América del Sur. Basándome en mis recuerdos, efímeras lagunas del pasado, evoqué fragmentos de los hechos que me impulsaron a pensar en ellos precisamente en el aquí y ahora. 

Su nombre, Bert Cabré y su lugar de residencia, Lovaina, Bélgica. Cuando lo conocí, en las afueras de El Calafate, provincia de Santa Cruz, Argentina, yo era el encargado de un camping municipal que se caracterizaba por su ausencia de clientes y su cronométrica concepción del viento: siempre empezaba a soplar a eso de las 10 de la mañana. Bert había llegado caminando de la nada, empujado por esos vientos patagónicos. 

Con el transcurrir de los días nos hicimos amigos. Él siempre venía a mi oficina -que era el lugar donde yo vivía, en realidad- y terminábamos cumpliendo el ritual de largas charlas, bebiendo, cocinando. Definitivamente, él se beneficiaba de su práctica de español en tiempo real con un anfitrión que también incursionaba del poco francés que aprendió en la secundaria. Había tiempo suficiente para escapar después de la cena a una casa de madera, a la vuelta de la esquina, una especie de AOH, Albergue no Oficial de Hippies, una congregación de personas cuya filosofía y comportamiento social eran per sé idénticas. Pensábamos que el Sistema es algo útil, pero evitábamos formar parte de él. Nuestra libertad, pensábamos, era fundamental para nuestra sobrevivencia. 

El lugar algo destartalado presentaba una importante concurrencia casi todas las noches. A veces las horas transcurrían   tranquilas y otras, con abundante ruido y energía. Aunque había alguien que parecía ser el encargado del lugar, el ambiente en general indicaba que todos asumían alguna responsabilidad en su mantenimiento. Los colchones y hamacas estaban dispersos en casi todas partes, una especie de hacinamiento, alejada de la idea de un albergue adecuado.

Cuando Bert y yo escapábamos a La Choza, como así yo la llamaba a esa casa, me aseguraba de dejar una nota escrita en la puerta de mi oficina. Era un boceto, las instrucciones que guiarán a ese alguien en busca de un Camping. En aquellos tiempos, 1991, aún no disponíamos de  teléfonos celulares. Muchos de los que acampaban en el Camping Municipal, terminaban en La Choza que, hay que decirlo, era una especie de imán al caer la noche. A algunos viajeros les encantaba el ambiente que se vivía ahí que dilataban sus viajes de vuelta a la carretera. Fue el caso de mi amigo belga. Y, como Bert, muchos viajeros solitarios, desheredados, buscadores existenciales de la simplicidad han llegado a El Calafate, abrumados por el exceso de la comodidad que atrapa y agobia. 

Desde que llegué a El Calafate, me presenté como uno de ellos. Era uno de ellos. Un médico paraguayo, Carlos Jimenez, quien además tenía un puesto en la Policía Local, me consiguió el trabajo. A pesar de recibir una pequeña recompensa económica por mi trabajo, en realidad estaba en ese lugar porque también podía alimentar la sensación temporal de vivir en una casa, con todas sus comodidades y, no en una tienda. Una aparente contradicción que me acompañó casi toda mi vida como viajero. Ya que, por un lado, existía ese impulso de salir y ser independiente y, por otro lado, siempre que tenía la oportunidad de instalarme en un lugar, lo hacía. La única certeza que tenía era que el tiempo y el espacio no existían como se percibía, ni siquiera en esos momentos de “descanso” de mis largas expediciones. Bert no era ajeno a estas paradojas. Si bien, como buen europeo, tenía billete de ida y vuelta, había momentos en que expresaba que lo único con lo que contaba era en, en realidad, la actualidad. El presente, recordamos, era esa situación mental que levitaba de la realidad, de la normalidad, de lo tangible, del pasado y del futuro. Era ese “dejarse llevar, seguir la corriente”, un indicador tan sutil y tan poderoso al mismo tiempo. Y ese “dejarse llevar por la corriente” era la despreocupación por lo que vendrá, la independencia de los compromisos pasados ​​y futuros. Era un acto de reciclar los tiempos sandwichs, un “estar verdaderamente presente donde uno se encuentra”. Algo impensable de incorporar en una vida normal, llena de obligaciones, normas, atajos y reglas a obedecer, siempre basadas en el pasado y el futuro. Donde el tiempo presente era un axioma, una brecha entre el pasado y el futuro. El tiempo presente, recordamos ambos, era, al menos en nuestro caso, la parte fundamental de la vida, el factor follow the flow

Ese momento actual nos detiene en un cruce de carreteras a unos cinco kilómetros de Lovaina y nos lleva a adentrarnos en un barrio rural con cierta actividad industrial. Decidimos probar en un primer domicilio, que aparentemente también funcionaba como una empresa de materiales de construcción.

“Buscamos a una persona que se llamaría Bert Cabbré, lo conozco desde hace muchos años en el sur de Argentina…”, me hace un gesto la joven para que deje de hablar y espere un momento. 

Se levanta y se dirige al interior de la oficina. Un par de minutos después, aparece un hombre con aspecto de recién jubilado.

“Soy el padre de Bert”, dice, quitándose las gafas, escrudiñándome con su mirada. 

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