Mayo 13 2021 | Imperturbable Marlene

Encontramos este lugar por casualidad como todo lo que nos pasa desde que empezamos a viajar en bicicleta. Luego de detenernos a evaluar el entorno, ingresamos a la propiedad por una gran avenida arbolada cubierta por una extensa alfombra de verdes pastos salpicados de hojas amarillas, pardas, rojas. Los bosques circundantes evocan paseos a caballo a lo largo de los límites de la finca en esas aburridas tardes de domingo. El estanque, al fondo, con un pequeño muelle donde permanece una tumbona que sujeta una caña de pescar, señala que hay algún habitante en el castillo. Hemos recorrido unos 70 metros desde el pórtico de entrada hasta la explanada del deslucido edificio. Aparcamos las bicis y avanzamos caminando sobre el césped. Nos quedamos ahí, parados, en silencio.

“Algo se le ofrece?”, la gutural voz nos hace girar simultáneamente cuando justo nos estábamos percatando de que alguien nos estaba observando desde una de las enormes ventanas de la segunda planta. Sentí una corriente helada por mi espina dorsal, una sensación de unas décimas de segundos como cuando uno es cogido por absoluta sorpresa. 

Entonces nuestras nerviosas sonrisas iluminaron nuestros rostros al tener de frente a este señor -que lo llamaré El Conde- con aspecto de leñador de abundantes cejas y sublime mirada quien aparece desde ninguna parte. Inmediatamente, por intuición, supimos que íbamos a pasar la noche en ese lugar como, efectivamente, ha ocurrido. En poco tiempo, ubicamos las bicicletas dentro de una granero dejando todas nuestras pertenencias ahí excepto ropa limpia, ordenador, la cámara de fotos y, en mi caso, los infaltables tapones de caucho para los oídos. Más adelante, al culminar la cena, nuestro anfitrión nos enseña un gran libro de hojas duras donde hay fotografías y referencias históricas del Castillo. Una parte importante del edificio está actualmente en ruinas. En un momento dado, cuando el Conde ha terminado de escribir una dedicatoria y estampar su firma en nuestro Cuaderno Institucional, Marlene le hace esta pregunta: “La señora que hemos visto en el gran ventanal, cuando acabamos de llegar, quien es?”

“Ah, es mi madre pero, naturalmente, ella ha muerto hace ya unos años”.

La sorprendente compostura de mi compañera al no permanecer es esa dimensión del miedo, pasando a hablar seguidamente de otro tema, fue para mí muy extraño. ¿Hay algo que no conozca de ella y que eventualmente pueda sorprenderme en el futuro? Por qué la hallo tan calma y comedida como si no pasara nada, o es su forma de filtrar su reacción ante situaciones como esta? 

Hemos sido puestos en dos cuartos de huéspedes diferentes, uno al lado del otro. Pese a mis tampones en el oído y la fatiga que propicia el descanso profundo, he despertado un par de ocasiones con la sensación de escuchar chirridos y sentir movimientos extraños en mi cama. 

A la mañana siguiente, cuando ya hemos cumplido con despedirnos cordialmente del Conde, camino a la salida del compound, siento una extraña sensación de que todo lo que hemos vivido en ese lugar no ha sido real, que no ha sucedido. Sin embargo, la dedicatoria, la fecha y la firma del Conde están plasmados en nuestro Cuaderno Institucional y en las fotos que he tirado. Marlene manifiesta haber sentido movimientos en su cama anoche como asimismo haber oído ruidos extraños en la puerta, como si alguien estuviera rascando la puerta con sus uñas, pero no le ha dado mayor importancia al tema, “considerando…”

También aparentemente imperturbable se mostró, días después, cuando desde una bulliciosa finca rural, alguien nos enseña una vivienda escondida tras unas altas malezas. 

“Esa casa, ahí, está otra vez deshabitada ahora. Nadie puede vivir ahí puesto que los espíritus no les dejan. Todo aquel que la alquila, termina marchándose al poco tiempo”.

Hay personas que perciben las manifestaciones llamadas paranormales como algo inevitable y no peligroso. Por tanto, no sucumben en el terror y el caos. Esas personas demuestran poseer una innata capacidad de contacto con la Naturaleza y un distanciamiento prudencial a las ideas de pertenencia religiosa. Son seres espirituales por naturaleza y no religiosos por definición. Es esa la Marlene que yo desconocía? 

En este viaje en bicicleta  llevado a cabo en el verano del 2001, tocando sitios de Alemania, Holanda, Bélgica y Francia, ahora recuerdo, la veía en algunas ocasiones, sin embargo, en la penumbra de algún templo religioso, inmovil y recogida. Yo la contemplaba desde una distancia sin desear interrumpirla. Transmitía una sensación de mucha paz. Esos momentos únicos en los que me hubiera gustado comportarme como ella.

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