Mayo 09 2021 | Nouvelle Mayapur

Venía yo circulando por una carretera secundaria, de aquellas estrechas que abundan en la Francia rural. A ambos costados, segmentos de arboledas y fincas rodeados de campos de cultivo de cereales. La noche anterior había pernoctado al costado de un estanque, el Étang de la Poterie, en la D109, en el término municipal de Écueillé, departamento 36 de Indre, acomodandome a los ruidos de la noche y al coro sincronizado que emitían las ranas a la puesta del sol. En un momento dado, en superficie de planicie y bajando, me adentro en medio de una espesura de bosque. Los carruajes emiten un tableteo rítmico único cuando se imprime velocidad como si se tratara de un tren en movimiento. 

De pronto, aprieto mis frenos con mis manos sudorosas a consecuencia, naturalmente, del impulso y la constancia que implica mover una gran máquina como es una bicicleta que estira dos remolques. La mañana era plácida y soleada y yo estaba con mis músculos pletóricos, la sangre caliente, la energía desbordante, la mente abierta, la vista en el horizonte con una perspectiva espacial alucinante. 

“¿Qué fue eso?”, me pregunto al desmontar lentamente la bicicleta. Me pareció divisar algo blanquecino en la esquina de mi ojo derecho. Algo en la distancia, al fondo de lo que pudo ser una tranquera sin importancia. Una entrada de finca cualquiera, una más de las tantas que  se multiplican a lo largo del camino. 

 Me quedo parado en medio de la carretera desierta y densamente cubierta por un espeso bosque. A mi izquierda, lo que parecía ser una antigua fábrica abandonada. Al final del bosque, la luz del sol bañaba las suaves ondulaciones de los campos de cultivo. Había una especie de neblina mañanera que se levantaba del asfalto que se iba calentando a medida que las horas iban transcurriendo. Echo una mirada para atrás. Veo la entrada a la finca a unos 50 metros de distancia. Normalmente no soy esto de detenerme y retroceder, excepto que algo me obligue a hacerlo o que algo extraordinario me llame la atención. Esta vez lo hice. Antes de llegar al portón de entrada, que estaba completamente abierta, llego a divisar, esta vez sí, con absoluta claridad, que esa cosa blanca que he visto en el rabillo del ojo derecho era en realidad un castillo ! Un castillo en medio de la nada, en medio de la campiña francesa. Antes de decidir ingresar a la propiedad, veo un cartel que indica que es un templo de Hare Krishna? 

Mi capacidad de percepción y elaboración de información es innata y acelerada, en estos casos. Parte del templo es visible más allá de un gran patio vacío, una lomada de tierra, a unos 70 metros de distancia. Tengo la impresión de que si ingreso en la finca, no me saldrá un perro que se lance hacia mi cuello. “Esta gente es… religiosa”, pienso. Voy entrando con mucha cautela, por un sendero sin pavimentar. A mi derecha, parte del cerrado islote de bosque que formaba parte del paisaje en este tramo. A medida que avanzo, puedo divisar mejor el castillo y su entorno. Me llama mucho la atención el estado de cierta dejadez del edificio y, que haya algunas personas caminando en sus capiteles, la mayoría con un aspecto de… no sé porqué me hace recordar aquellas películas del oeste, en technicolor, cuyos protagonistas parecían alargados y comprimidos, como si estuvieran caminando sobre la superficie de Marte. Levanto mi mano en señal de saludo y al menos tres personas vestidas con túnicas hindúes y la cabeza rapada, se acercan a mí, cruzando el patio, sonriendo, haciéndome sentir inmediatamente cómodo. Todos los hombres llevan llevan como una colita de cabello desde el centro de sus cabezas. No puedo decir que ya lo tengo claro, que sé qué es lo que está pasando, porque no es verdad. En realidad, nada es lo que yo esperaría ver y oír en medio de la campiña de Francia, pero, hey, acaso no estoy haciendo un viaje donde todo es sorprendente e imprevisible? 

El castillo de Nouvelle Mayapur, lugar adonde he ingresado por casualidad y causalidad, una mañana de finales del verano del 2009, en principio como invitado para compartir el Prashad y, luego seguir mi camino. Pero no, mi guia que se llama Eli, habitante de París y actual residente de este extraño lugar, me sugiere que me quede por un par de días, a “convivir con la comunidad”. Yo acepto la propuesta con un poco de cautela y emoción. No tengo prisa ni nadie que me espera. Nada que perder y mucho que aprender.      

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