Mayo 07 2021 | El Matadero

Transcurre mi tarde de otoño junto a las vallas del Matadero Municipal, observando a las reses que iban a ser sacrificadas al día siguiente. Estoy solo y distante del centro urbano pero a pocos metros de la carretera nacional, la Ruta 1, que no pasa por el pueblo. Mi pueblo es una bolsa polvorienta del cual un día pienso escapar. Todo está enfermizo, desgastado, repetitivo, aburrido, obsoleto. Abundan los deberes que ahuyentan los derechos. Mucha obligación, prepotencia e hipocresía instalada en todos los poros del pueblo. 

Santa Rosa es una prisión en donde cualquiera se atribuye el poder de juzgamiento, alimentando la cultura del chusmerío. La opresión es una sensación instalada en medio de la comunidad, basada en el control total de los movimientos, las acciones y las ideas de sus habitantes. No hay intimidad, no hay respeto al individuo. 

Sin embargo, hay una mascarada de felicidad. La dinámica de las apariencias. El estigma de las clases sociales. La discriminación de clases. Por ejemplo, en mi casa persiste una tremenda represión si uno habla guaraní, el creole paraguayo, porque aquello “es el idioma de las gentuzas”.

El Matadero Municipal, ahora mi sitio favorito para reflexionar, está más allá de los límites del pueblo. De aquí parten todas las mañanas, al despuntar el alba, los carros tirados por caballos que resoplan vapor por sus narices. Estos animales son azuzados con virulencia pues transportan la carne recién carneada que serán inmediatamente exhibidas en el Mercado Municipal. Cada carnicero posee su carro y sus caballos que le permiten vender sus productos en puestos de corte de carne, unos al lado de otros. La faena y la posterior limpieza del lugar, en realidad el piso del galpón, es finiquitada antes del mediodía. Por la tarde cunde el silencio. Sólo las aves de rapiña sobrevuelan el sitio. Atrás del galpón, los vestigios de los restos biológicos es evidente. 

Decido montarme de nuevo a mi tordillo, el mismo que diariamente está sujeto a la sacrificada tarea de transportar un tambor (barril) de 200 litros de agua varias veces desde antes de salir el sol. Son esos momentos de disfrutar del aire fresco de la mañana y del entorno natural, sin regulaciones ni condicionamientos. 

Arribar al Pozo de San Jose’í, atracar contra el brocal y, finalmente, empezar la faena: parado sobre la estructura de cemento con los pies desnudos, lanzando baldazos (los baldes son de hierro para resistir los golpes a las paredes del pozo y el choque contra otros baldes cuando la cosa se pone salvaje) que caen inversos sobre la superficie tibia del agua que emana del subsuelo; tirar de la soga lo suficiente para que el recipiente se hunda y coja la mayor cantidad de agua posible y, seguidamente, sacarla hasta descargarla en el tambor

Acción repetitiva hasta llenar el contenedor de agua, que se recuesta en forma horizontal sobre un carro de madera apropiado y, que posee una tapa de madera, cubierta de un tejido de ropa en desuso que, presionando sobre el agujero, evita el derramamiento durante la carrera. Llenar de agua el tambor sin interrupciones, sin titubeos, sin distracciones, con la mayor celeridad posible. 

Al filo del mediodía, la congregación de otros barrileros aumenta. Mientras unos cargan el agua con entusiasmo, otros comen sus uñas sobre el lomo de sus caballos y borricos o sobre sus tambores vacíos. El brocal, ancho y sólido, enseña las huellas de múltiples impactos que las ruedas de madera, cubiertas de metal, le han infringido durante mucho tiempo. 

Ahora el agua sale rojiza. Su nivel ha descendido al menos un par de metros hasta dejar expuestas las obstinadas heridas de su surgente que brota a borbotones, como la vida misma. Agua que se comercializa entre la sedienta comunidad, especialmente en tiempos de sequía. En las épocas de lluvia, la gente aprovecha a llenar sus aljibes con sistemas de canaletas de zinc instaladas bajo sus tejados. 

La vida es dura en Santa Rosa de finales de los años 70. Yo estaba en la edad del pavo y habitaba en una casa llena de gente. Aparte de mis padres, nosotros éramos seis hermanos que buscábamos con afán ese rincón que pudiera brindarnos cierta privacidad. Con el correr del tiempo, los mayores se iban desplazando a los grandes centros urbanos. Yo era el menor de todos y esperaba mi turno. Mi turno para salir de ese maldito pueblo. Escapar, huir de los abusos persistentes a que era sometido de parte de mi madre. Mientras tanto, cada vez que podía, galopaba hasta ese sitio alejado del centro urbano, el Matadero. Aquí podía sentirme libre.  

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