Mayo 06 2021 | Coyuntura Existencial

Mi mujer”-hace un ademán con la cabeza hacia la ventana que da a la piscina- “me está abandonando con el chico que está con ella ahora”.

Hay momentos en que pienso que la gente me percibe como si yo fuera una esponja hacia dónde erradicar todas sus emociones. Incluso hay quienes buscan que yo les solucione sus problemas. Ven a un hombre libre, un nómade quien no tiene las preocupaciones de la vida cotidiana, ni paga las cuentas de la electricidad y el teléfono, ni tiene una familia que alimentar. No tiene una casa ni un carro que mantener, ninguna responsabilidad social ni personal, como si viviera literalmente del aire. Alguien quien repentinamente hace acto de presencia en la rutina de los demás; quien llega sin avisar ni tocar la puerta. Y, parece estar satisfecho con lo que dispone: una bicicleta, un par de remolques, una tienda de campaña, utensilios de cocina, un ordenador, cámara de fotos, bolsa de dormir, un teléfono celular.  

Cómo es posible que yo, comparando contigo, quien dispongo de todo lo que ves y mucho más, siento que estoy sufriendo mucho por lo que está pasando conmigo en estos momentos  y, tú, que no tienes nada, ni siquiera estás alterado por nada. ¿Cómo es posible eso?”, el hombre empuja su taza de café un poco hacia el centro de la mesa. Su desilusión es patente.

A veces tengo la impresión de que llego a un lugar justo en el momento menos indicado o, tal vez, en el más indicado. La coyuntura existencial parece estar en todas partes. Y es que como no dispongo de suficiente dinero  para viajar con absoluta autonomía, debo hacer trabajos ocasionales en las zonas rurales -como por ejemplo, recolectar uvas en las campañas de la vendimia-, o confeccionar mis artesanías en las calles de las grandes ciudades, laborar a cambio de la comida y la vivienda; todo esto me conecta con la gente aunque a veces más quisiera evitarlas. Con frecuencia pido algo para comer, especialmente verduras y frutas a los vecinos de pequeñas aldeas, al lado de esas carreteras secundarias que me llevan a cualquier parte. Por las noches, generalmente pido permiso para plantar mi tienda dentro de las fincas, precisamente para adquirir esa sensación de seguridad y confort que genera estar en un sitio protegido a la hora de dormir tranquilo. Es decir, soy alguien que llega y se comunica con los demás, especialmente con los bomberos o la autoridad municipal o con representantes de las Iglesias. Es así que llegué a esta finca en el nordeste de Francia, muy cerca de la frontera con Bélgica y, tanto el señor como la señora, los dueños de esta residencia han sido muy respetuosos y corteses conmigo. Me han ofrecido una cabina en los límites del casco central, al costado de las alambradas que dividen los cultivos de cereales. 

Bueno, yo tengo mis propios dramas pero, es verdad, pese a ellos, me encuentro muy cómodo con lo que soy y lo que estoy haciendo”, alcanzo a decir después de unos segundos de silencio. 

Observo el divertimento más allá de los cristales del ventanal de la cocina, adonde hay una mesa grande con dos bancos a cada lado. La señora, esposa del señor quien está sentado frente a mí, está ataviada con un traje de baño enterizo de color rojo. Su acompañante podría perfectamente ser su hijo. En realidad, pensé que era tal. Me gusta presenciar la alegría, el placer, la satisfacción de las mujeres. Pienso que cuando una mujer está feliz, todo el mundo está feliz. 

Omar, qué puedo hacer?”, el señor, dueño de la casa está a punto de sollozar. Parece una víctima de abuso doméstico.

Recuerdo una vez, en el centro de Madrid. Estaba yo vendiendo mis artesanías, caminando de aquí para allá, ofreciéndolas a la gente que concurría al Teatro de La Latina, junto a una postal que en el anverso contiene impreso el poema Desiderata. 

Camina plácido entre el ruido y la prisa

y piensa en la paz

Que se puede encontrar en el silencio

En cuanto sea posible y sin rendirte, 

mantén buenas relaciones

Con todas las personas …

Mucha gente aglomerada en una esquina hasta donde no llegaban las estridentes luces de las marquesinas del teatro. Es cerca de la medianoche y alguien se acerca y me dice: “No sabes, no te imaginas, lo que acaba de hacer por mí”. En su mano derecha el postal en cuyo verso se halla una foto mía, montado a mi bicicleta tirada en Portugal y, en el reverso, el poema Desiderata. 

Eso, la coyuntura existencial.   

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