Mayo 03 2021 | El Comienzo

Me resulta difícil echar raíces. Pero lo estoy logrando. No hay otra forma de hacerlo sino escribiendo.  Escribir fue para mí una obsesión desde hace mucho tiempo. Escribía en un cuaderno de viajes, en los primeros meses de mis viajes en bicicleta. Con un bolígrafo sobre hojas de papel. Entonces no había Internet y yo era muy pobre para alzarme con un ordenador portátil. Es que tampoco había ordenadores portátiles creo allá por 1991, 1992. Recuerdo que, en una ocasión, he lanzado a la hoguera todo lo que tenía recopilado. Fue una ceremonia de autodestrucción como iba asumiendo que era mi vida. Soy, en ese sentido, como un saco roto. Un eslabón perdido, como alcanzó a describirnos aquel vecino de un pequeño pueblo en las montañas de Catalunya, en 2014, cuando mi acompañante que se llamaba Nuria y yo nos íbamos acercando al Santuario de Nuria, justamente !

Pero nunca verdaderamente he trabajado en un proyecto literario estructural, metódico. Hasta ahora. Y, en parte, gracias a esta obligatoriedad que me impone esta aplicación que no he descubierto al azar, puesto que creo que nada ocurre al azar. 

Un hombre sin recursos, viajando a pie y en bicicleta, que iba acumulando anécdotas y que tenía mucha ansiedad de hacerlo, de publicarlo, sin haberlo hecho jamás. Qué pérdida de la brújula. Una bola sin manija, un eslabón perdido, un alma inquieta, un ser humano sin rumbo, sin derrotero, aclamando lo bonito que es la vida simple y que había que vivirla en tiempo presente. Para sentir, de alguna manera, ese sentido de pertenencia a un territorio fijo, inamovible, tenía que ofrecerme a trabajar a cambio de la comida y la acomodación. Y, como siempre pasa, se establecía en principio una seducción en un entorno rural, agreste, de parte del forastero, del gitano, del salvaje, quien acababa de llegar. Pero, con el correr de los días, pese a que el servicio compensaba alimentar y ofrecer un techo sobre la cabeza de aquel viajero empedernido, las cosas iban tornándose generalmente un poco menos atractivas. Ese tiempo libre que me sobraba entre estas y otras labores, se suponía que tenía que estar destinadas a escribir. 

En las inmediaciones de Cartaya, por ejemplo, en 2010, donde estuve por más de tres meses, mientras el dueño de una casa rural, Peter Wolf, estaba cruzando el Atlántico, junto a un amigo, en una embarcación de vela, no he podido reunir suficiente disciplina para llegar a esa orilla del hábito del silencio y concentración que requiere el acto de escribir. De escribir de una forma metódica, estructurada y estructural. Peter, a su regreso, se mostró visiblemente airado no necesariamente porque el trabajo que he hecho no le pareció completo y satisfactorio sino por el hecho de no haber siquiera comenzado a escribir de una forma profesional. Y, me lo hizo saber en un mensaje enviado por e.mail. Puesto que la idea era que yo me quedara en esa casa vacía, que realice algunas labores diarias encomendadas y que, fundamentalmente, escriba. Escriba la historia que los demás iban dibujando en sus mentes que yo debería contarles. 

A medida que el tiempo y espacio iban transcurriendo, la gente que me conoce daba poco a poco por descontado que algo trascendental podía pasar conmigo en ese territorio. Empecé a sentir que ya iban incluso perdiendo el entusiasmo de ver algún día un libro firmado por mí. Porque la gente, aquellos interlocutores que hallé por los caminos interminables del Mundo, se retrataban en parte en mí. Yo era, de alguna forma, una extensión de sus deseos incumplidos, de sus propios cristales rotos, de esas imposibilidades de funcionar como se suponían que debían hacerlo. Todos eran escritores frustrados y yo representaba una piedra preciosa que podía lograr lo que ellos no han podido hacerlo. Muchos me decían: “Hazlo por nosotros, viaja por nosotros”. Estaban atrapados en un enjambre familiar, doméstico, financiero, una grave falta de tiempo libre para volar. Verificar que mi tiempo libre era, de alguna forma improductiva, no les resultaba agradable. 

Todo es seductivo cuando uno es libre o, al menos si así es la percepción de los demás. Yo sí creo que era libre, que sigo siendo libre. Mi sitio web omarglobal.com lleva una frase filosófica: “Life is Freedom”. Mi libertad de viajar sin rumbo, miles de kilómetros, como si no hubiera límites, seducía a la gente. Pero, al pasar el tiempo, un día, un mes, un año, aquel hombre de mirada misteriosa, ya no era quién había sido, ya no seducía. Y, si nunca ha publicado un libro de sus tantas experiencias en la carretera, peor. No debería importarme la percepción de los demás, pero sí me importa porque a través de ello, yo he podido percibirme mejor a mí mismo. 

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