Mayo 05 2021 | Vacío

“Te he visto tirado al costado de la ruta ayer, qué te ha pasado?”, levanto la mirada hacia el hombre con aspecto de jubilado que estaba de pie, al lado de mi mesa. 

Las personas en la España rural son muy cercanas y se dirigen a uno como si les hubieran conocido hace mucho tiempo. Quizás por eso, yo soy así: muy cercano y como si no tuviera barreras para comunicarme con los demás. Mi apellido paterno, Ruiz-Diaz, es de origen español y, Romero, de parte de mi madre, también español, aunque mi abuelo materno llevaba además el apellido Kullmann, que es de origen sajón. Mi primera lengua es el español, aunque siempre he detestado ese acento paraguayo -nací y crecí en Paraguay-, en mi forma de hablar. Por eso he adoptado el acento español de las Castillas. Hay una anomalía en las causas de mi rechazo hacia todo vínculo con el lugar donde nací y crecí. Adoptar otros acentos es otra de las tantas formas de establecer claramente ese desapego. 

Ah, creo recordar haber visto una camioneta disminuyendo la velocidad, sí, cuando estaba echado bajo ese árbol, a unos tres kilómetros de aquí, cierto?”, respondo. 

”.    

Una autoridad comunal ordenó que yo accediera a las tres comidas -desayuno, almuerzo y cena- aquí, en el Restaurante Los Cazadores, todos los días de mi estancia en el pueblo. A mi llegada, he conseguido algunos beneficios como es usual, de los cuales a veces me siento un poco culpable ya que son recursos sociales, a ser destinados a la comunidad. Se estableció que dormiría en el Albergue de Peregrinos Ruta de la Lana, que en realidad es un cuarto contiguo a una capilla donde uno podía ingresar para meditar o simplemente para permanecer sentado, en silencio.  

Fuentes, una aldea de poco más de 500 habitantes, anclado en las desoladas planicies del sureste español, es un sitio tranquilo. Si no fuera por la ruta N-420, bastante transitada ya que es la principal que conecta Cuenca con Teruel, este pueblo sería uno más de aquellas monótonas y calladas comunidades de la España Vacía, que es la otra cara de la España Abarrotada. 

Una vez, luego de una jornada de caminar y pedalear especialmente dura, he ingresado a un poblado a la cual se lo denomina Pedanía. Me ubiqué en lo alto de una elevación donde está asentada el edificio abandonado de una Iglesia. Al día siguiente bajé hasta la plaza de la Fuente, donde cargué agua en mis botellas. Bajo un sol estridente, el sonido del agua que cae en una pileta de piedras sincroniza el sobrecogedor silencio del ambiente. Un cartel de la tienda se mueve por la brisa, provocando un chirrido metálico. Un tendedero de ropas secas, meciéndose en un balcón. El ladrido de un perro, quizás el mismo que anoche inundaba la comarca con sus ladridos, desde las inmediaciones de la Iglesia. 

Hola!, hay alguien por ahí?”, mi voz es rotunda.    

Sentado sobre el brocal de la fuente, sigo con la mirada el camino de acceso a la Pedanía. Al otro lado, cubierta de malezas, lo que parece haber sido un granero con paredes de madera colocados separadamente, como para dejar que el aire corra. El techo de zing ligeramente inclinado hacia el lado opuesto a la carretera, evidentemente en estado de abandono. 

De repente, mi olfato intuitivo me hace girar la cabeza hacia una de las esquinas de la plazoleta. Veo perfectamente la silueta de un hombre mayor parado, ahí pegado a la pared. Al verse descubierto, hace un ademán para esconderse. 

Señor”, le digo, intentando no asustarle. “No tenga miedo de mí. Solo quiero saber…”, me adelanto unos pasos y lo veo alejarse un poco apresurado, seguido de su gato. 

Mi presencia en los pueblos pequeños muchas veces genera una especie de ansiedad en los locales, lo que me obliga a ser paciente y tolerante. En estas Pedanías, ésta se llama Padilla de Hita, a veces no hay nadie. Ya sea porque los pocos que quedan, no quieren salir de sus casas o porque sus habitantes trabajan en los grandes centros urbanos. A simple vista, hay indicios de que la aldea es habitada. 

“Vale, coge suficiente agua y te piras. Ya no tienes nada que hacer aquí. Deja tranquilo a los jubilados, no quieren hablar contigo.” 

Es casi mediodía. La carretera me espera.     

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