Mayo 04 2021 | Pedanía

Comienzo la caminata empujando la bicicleta, lentamente. De vez en cuando escucho el sonido de lo que yo pienso que es una víbora colocando su cola en forma vertical. Sigo con la mirada la pintura blanca del pavimento, en línea recta, siempre hacía adelante, cuesta arriba. Grandes formaciones de terrones colorados circundan la carretera a ambos lados. De vez en cuando me detengo para beber agua y secarme el sudor de la frente. Miro la linea de la Vida de la enrojecida y entumecida palma de mi mano derecha. De tanto apretar el manubrio de mi bicicleta, me reclama una relajación. Retomo la caminata colocando los codos sobre el manubrio y, otra vez a pocos metros, nuevamente hago una pausa. Mi frente sobre el manubrio.

“No, Dios mío, no ahora…”, musito en voz alta.

De repente, una moto me cruza a alta velocidad, generando lo que para mí constituye un ruído ensordecedor. Luego, una vez más, el silencio y la más absoluta soledad. Bebo agua, buscando despejar el mareo y el malestar que me produce la inminencia de otra crisis de hipertensión. Decido aparcar mi bicicleta bajando las dos patas de hierro del remolque delantero y me siento al borde de la carretera. Mantengo la espalda recta y cruzo mis piernas en cuclillas, casi en posición zazen. Respiro profundo, me saco la gorra de baseball, bebo otro sorbo de agua. Pasan algunos minutos y siento que el mareo y el malestar han disminuído. Estoy verdaderamente presente donde me encuentro. 

“Lo único que debes hacer es agradecer por estar vivo, intentar disfrutar de tu entorno y seguir a la corriente, sin intentar ganar esta o la otra orilla. Yo me encargaré del resto, de proveerte lo que necesitas. No desesperes, incluso cuando las circunstancias parecen conspirar en tu contra. Todo va a salir bien”

Subo las patitas de mi remolque y avanzo despacio, percibiendo incluso mi ritmo respiratorio. 

Cuando camino al lado de mi bicicleta, generalmente cuesta arriba, tirando de los dos remolques que en su total combinación mide hasta más de cuatro metros de largo, lo hago invariablemente al lado izquierdo, opuesto a la dirección establecida. Si alguien pretende matarme, prefiero que lo haga de frente, no a mis espaldas. Y cuando empiezo el ascenso en una zona montañosa, incluso hasta 10 kilómetros de plena subida, cambio constantemente mi posición ante cada curva. Si voy doblando a la izquierda, me coloco al margen derecho; si lo hago a la derecha, camino al lado izquierdo, haciendo un zigzag para ser visible en ambas curvas al máximo posible. Soy quien controla absolutamente la carretera y, algunos choferes parecen sorprenderse de tanta determinación. Me ven caminando en forma frontal por el carril que transitan. No tienen otra opción que disminuir la velocidad y torcer el volante para cruzarme. Algunos despistados lanzarán un grito desde sus cabinas: “Usa el carril correcto, idiota!”

Pero, esta vez, en las inmediaciones de Fuentes, Cuenca, Castilla La Mancha, España, por la N-420, siendo las 14:30 aproximadamente, casi no hay vehículos. Alcanzo la cima de la carretera y es el momento de montarme de nuevo a la bicicleta y pedalear y disfrutar del descenso, con el torso desnudo, con la sonrisa en los labios, hablando en voz alta conmigo mismo, refiriéndome al estado del tiempo, a la velocidad del viento, a la temperatura, a las condiciones de la carretera, a las posibilidades de precipitación, como si fuera yo un locutor de Radio, alguien quien se encarga de dar a conocer las previsiones del tiempo, el hombre del tiempo. A veces, hago como si yo fuera un piloto de un avión que acaba de despejar, comunicando a la torre de control la situación en el cielo abierto.

Los remolques hacen un ruido especial al coger velocidad. Hay un chirrido en la rueda del primer remolque, que en realidad es la rueda del medio. La bicicleta-tren. Esta bicicleta que detengo en una planicie, bajo la sombra de un árbol frondoso, ya a pocos kilómetros de llegar al pueblo. Me tiendo boca arriba al costado de la carretera. Presiento que un vehículo aminora la marcha al pasar frente a mí; luego vuelve a acelerar. Pongo mi botella de agua arriba de mi rostro y dejo caer un chorrito de agua sobre mis ojos, mi frente, mi cabeza. 

“No pienses ahora dónde vas a dormir, qué vas a comer. No tiene sentido que te anticipes. Sigue la corriente”

Cierro mis ojos, deposito la botella de agua en el hueco de mi cuello izquierdo, de mi mejilla. Me imagino que es mi almohada, acostado en el suelo de algún lugar del Universo y siento paz, mucha paz. 

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